Seguimos inmersas e inmersos en una cultura de guerra, de héroes y épicas batallas.
La paz sigue siendo algo aburrido que no merece ser contado.
Se considera mojigato, pesada o débil a quien trabaja por la construcción de paz.
Se entiende que ser pacifista es vivir fuera de la realidad.
Si seguimos mirando a las guerras del sur como películas, si seguimos jugando a las guerras en el norte, puede que cualquier día nos encontremos con su cara cruel y verdadera mirándonos de frente.
Sin piedad; porque la guerra no es un fenómeno meteorológico.
Es la realidad que malviven y mueren muchas personas.Y ninguna se lo merece.
La guerra es lo que hacemos las personas con las personas cada día.
21.7.14
7.7.14
Ayudamemoria
Recordar lo importante, dejar de lado lo innecesario, saber por qué sigo insistiendo y, sobre todo, tener cerca a quien me quiere bien porque son mi brújula.
23.5.14
No sólo intelectualidad superior
Supongamos que la superioridad intelectual puede definirse como
una capacidad de razonamiento y pensamiento lógico con la que
alguien cuenta por encima de la de otras personas. Esta forma de
inteligencia implica, para empezar, una comparación. Por lo tanto,
para que yo sea superior intelectualmente debe haber alguien
intelectualmente inferior. Ya empezamos mal, porque si mis virtudes
dependen de la falta de los defectos ajenos, es fácil imaginar que
me dedicaré a fomentar esos defectos para alimentar mi virtud a base
de ensanchar la brecha. Es más fácil tirar para abajo que empujar
para arriba.
Por eso, me gustaría utilizar otro concepto que no implique, al menos tan explícitamente, comparación. Hablemos de inteligencia, aún en el sentido más tradicional de la palabra, como la capacidad de razonar o entender.
Convenido este punto, es bastante obvio e innecesario explicar que a lo largo de toda mi vida he estado vinculada a personas a las que considero inteligentes y otras a las que no considero inteligentes. Evidentemente, hay mujeres y hombres en ambos grupos. Por si alguien necesita la aclaración en estos tiempos en que parece que volvemos a cuestionarnos preguntas de siglos pasados.
No es que sea necesario un extraordinario nivel para desafiar mi propio intelecto, pero sí es cierto que me he dado al esfuerzo de cuestionar, indagar, replantear y argumentar con gusto y responsabilidad. Considero que es cosa buena lo de esforzarse por entender y explicar, lo de reafirmar las propias ideas más allá de todo dogma y lo de tomar decisiones que impliquen a la razón entre otras herramientas.
He dicho alguna vez que yo hago un camino reflexivo de la vida, transitando a 10 centímetros del suelo e incluso a 10 centímetros hacia el interior de mí misma, para poder observar con perspectiva. Mi objetivo, la libertad. Por lo tanto, es fácil deducir que valoro positivamente este ejercicio de tratar de entender y razonar.
Sin embargo, no sólo de ideas viven mis preferencias. Cuento entre mi gente cercana a personas que, incluso ajenas al ejercicio del razonamiento exhaustivo, aportan una gran claridad ética, conocen los secretos del buen vivir, y presentan una sabiduría para la risa y el cariño que me resultan imprescindibles; aunque no sean capaces ni tengan intención de resolver un enigma lógico en su vida.
Del mismo modo que creo que la inteligencia no es imprescindible para el buen querer, pero ayuda, opino que tampoco es suficiente por sí misma.
Hay otro factor que, además de necesario, es determinante: la autoridad moral. En este caso me resulta más complicado aún hablar de superioridad o inferioridad. Me gusta aplicar más bien una gradación de compatibilidad. Por ejemplo, un genio de la antropología puede resultarme absolutamente repudiable y aburrido si acompaña su sapiencia con un discurso xenófobo. Una magnífica filósofa que es incapaz de trascender y no imponer los dogmas religiosos me da más asco que entusiasmo. Y esto tiene que ver con mi propia ética y moral, desde la cual sin duda elijo a quienes quiero tener a mi alrededor y las autorizo a interpelarme.
A esta altura estará claro que me resultan más atractivas las personas que, con su capacidad intelectual, me ofrecen un desafío, aquellas que me dejan frente al acantilado del pensamiento con un irrefrenable deseo de saltar; pero sobre todo aquellas que me invitan a planteamientos tanto éticos como intelectuales.
En fin, vuelvo al comienzo: no todos son ideas. Por lo tanto, quien tenga intenciones de caerme bien lo tiene crudo si intenta utilizar una apariencia lógica vacía de todo contenido moral. Y peor aún, me resultan tan insoportables las discusiones basadas puramente en la dialéctica y la oratoria... Me parecen una pérdida de tiempo los debates destinados a definir superioridades. Los debates no se ganan ni se pierden. Si un debate es bueno, ganan todas las partes, incluso quien modera y quien escucha. Claro que para eso, hace falta disposición de espíritu para el entendimiento y la colaboración, a las que no todo el mundo está dispuesto.
No es obligatorio, no hay ninguna ley por la cual quien no razone va a prisión o paga multa. Pero como tantas cosas en la vida, puede que esta también tenga truco. Nadie te puede obligar a pensar, pero sí inducirte a no pensar, y cuando no pensamos somos más dúctiles. Esto, en un sistema que se basa en la manipulación como táctica, me da mucha rabia. Pero sobre todo, me anima más aún al ejercicio de reflexionar, como acto de rebeldía.
Por eso, la actitud crítica, la invitación al debate, los foros, los dilemas, las ganas de preguntarse si lo que que se hace es lo correcto o qué debería hacerse, son actitudes que me resultan profundamente atractivas y revolucionarias.
A quien combine esta actitud inteligente con valores compatibles con los míos, estoy dispuesta a darle el poder, con su correspondiente responsabilidad, para tomar las decisiones que afectan a la sociedad de la que formo parte: el mundo.
Por eso, me gustaría utilizar otro concepto que no implique, al menos tan explícitamente, comparación. Hablemos de inteligencia, aún en el sentido más tradicional de la palabra, como la capacidad de razonar o entender.
Convenido este punto, es bastante obvio e innecesario explicar que a lo largo de toda mi vida he estado vinculada a personas a las que considero inteligentes y otras a las que no considero inteligentes. Evidentemente, hay mujeres y hombres en ambos grupos. Por si alguien necesita la aclaración en estos tiempos en que parece que volvemos a cuestionarnos preguntas de siglos pasados.
No es que sea necesario un extraordinario nivel para desafiar mi propio intelecto, pero sí es cierto que me he dado al esfuerzo de cuestionar, indagar, replantear y argumentar con gusto y responsabilidad. Considero que es cosa buena lo de esforzarse por entender y explicar, lo de reafirmar las propias ideas más allá de todo dogma y lo de tomar decisiones que impliquen a la razón entre otras herramientas.
He dicho alguna vez que yo hago un camino reflexivo de la vida, transitando a 10 centímetros del suelo e incluso a 10 centímetros hacia el interior de mí misma, para poder observar con perspectiva. Mi objetivo, la libertad. Por lo tanto, es fácil deducir que valoro positivamente este ejercicio de tratar de entender y razonar.
Sin embargo, no sólo de ideas viven mis preferencias. Cuento entre mi gente cercana a personas que, incluso ajenas al ejercicio del razonamiento exhaustivo, aportan una gran claridad ética, conocen los secretos del buen vivir, y presentan una sabiduría para la risa y el cariño que me resultan imprescindibles; aunque no sean capaces ni tengan intención de resolver un enigma lógico en su vida.
Del mismo modo que creo que la inteligencia no es imprescindible para el buen querer, pero ayuda, opino que tampoco es suficiente por sí misma.
Hay otro factor que, además de necesario, es determinante: la autoridad moral. En este caso me resulta más complicado aún hablar de superioridad o inferioridad. Me gusta aplicar más bien una gradación de compatibilidad. Por ejemplo, un genio de la antropología puede resultarme absolutamente repudiable y aburrido si acompaña su sapiencia con un discurso xenófobo. Una magnífica filósofa que es incapaz de trascender y no imponer los dogmas religiosos me da más asco que entusiasmo. Y esto tiene que ver con mi propia ética y moral, desde la cual sin duda elijo a quienes quiero tener a mi alrededor y las autorizo a interpelarme.
A esta altura estará claro que me resultan más atractivas las personas que, con su capacidad intelectual, me ofrecen un desafío, aquellas que me dejan frente al acantilado del pensamiento con un irrefrenable deseo de saltar; pero sobre todo aquellas que me invitan a planteamientos tanto éticos como intelectuales.
En fin, vuelvo al comienzo: no todos son ideas. Por lo tanto, quien tenga intenciones de caerme bien lo tiene crudo si intenta utilizar una apariencia lógica vacía de todo contenido moral. Y peor aún, me resultan tan insoportables las discusiones basadas puramente en la dialéctica y la oratoria... Me parecen una pérdida de tiempo los debates destinados a definir superioridades. Los debates no se ganan ni se pierden. Si un debate es bueno, ganan todas las partes, incluso quien modera y quien escucha. Claro que para eso, hace falta disposición de espíritu para el entendimiento y la colaboración, a las que no todo el mundo está dispuesto.
No es obligatorio, no hay ninguna ley por la cual quien no razone va a prisión o paga multa. Pero como tantas cosas en la vida, puede que esta también tenga truco. Nadie te puede obligar a pensar, pero sí inducirte a no pensar, y cuando no pensamos somos más dúctiles. Esto, en un sistema que se basa en la manipulación como táctica, me da mucha rabia. Pero sobre todo, me anima más aún al ejercicio de reflexionar, como acto de rebeldía.
Por eso, la actitud crítica, la invitación al debate, los foros, los dilemas, las ganas de preguntarse si lo que que se hace es lo correcto o qué debería hacerse, son actitudes que me resultan profundamente atractivas y revolucionarias.
A quien combine esta actitud inteligente con valores compatibles con los míos, estoy dispuesta a darle el poder, con su correspondiente responsabilidad, para tomar las decisiones que afectan a la sociedad de la que formo parte: el mundo.
14.5.14
Conmigo no
Manipular desde el poder.
Eso es todo.
Me dijo.
No hacen otra cosa.
Me dijo.
Lo sé.
Le dije.
Pero qué asco.
Le dije.
¿Y por qué tienen poder?
Me dije.
¿Podrán conmigo?
No, conmigo no.
Me dije.
No pienso colaborar.
Me dije.
Tendrá que ser en mi contra.
Porque conmigo, no.
No.
Eso es todo.
Me dijo.
No hacen otra cosa.
Me dijo.
Lo sé.
Le dije.
Pero qué asco.
Le dije.
¿Y por qué tienen poder?
Me dije.
¿Podrán conmigo?
No, conmigo no.
Me dije.
No pienso colaborar.
Me dije.
Tendrá que ser en mi contra.
Porque conmigo, no.
No.
Desierto de hielo
Blanco, mudo, inamovible
un desierto de hielo
se tragó el deleite.
Rebuscando.
Marcada a cuchillo
la promesa de voluntad.
Soldado el pico en la mano,
engrilletados los tobillos,
dispuesta a la pena.
El abismo blanco y mudo
es aterrador.
Puede que nunca vuelva
a crujir la grieta donde
extraer el gozoso líquido.
Puede que nunca vuelva
a sonar el plasma
y que no vuelva a decir.
Es posible
que se haya ido para siempre
la luna llena de las palabras.
Pero refiero la cicatriz,
la silueta diluída bajo el témpano,
las rodillas rojas,
al hielo
Entonces,
aquí estaré
buscando
cuando nada suceda.
un desierto de hielo
se tragó el deleite.
Rebuscando.
Marcada a cuchillo
la promesa de voluntad.
Soldado el pico en la mano,
engrilletados los tobillos,
dispuesta a la pena.
El abismo blanco y mudo
es aterrador.
Puede que nunca vuelva
a crujir la grieta donde
extraer el gozoso líquido.
Puede que nunca vuelva
a sonar el plasma
y que no vuelva a decir.
Es posible
que se haya ido para siempre
la luna llena de las palabras.
Pero refiero la cicatriz,
la silueta diluída bajo el témpano,
las rodillas rojas,
al hielo
Entonces,
aquí estaré
buscando
cuando nada suceda.
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